Sonata Claro de Luna
Las grandes obras, lo que trasciende, lo que queda, siempre tendrá su origen en el deseo genuino de ayudar, de hacer algo por el otro. Lo que no surge en ese marco, nunca va más allá…

Hay dentro del corazón, valles y espacios que solo pueden ser llenados con el quehacer altruísta. Una parte de nosotros está construída de puentes de fraternidad y solidaridad, que nada puede suplir.
Hace años me contaron una historia, que ahora te comparto:
Una noche de invierno pasaba Beethoven a la luz de la luna por una estrecha calle de Bonn en compañía de uno de sus futuros biógrafos; de pronto se detuvieron ante una casa muy humilde de donde salían las notas de un piano.
- Calla, dijo Beethoven, es la Sonata en Fa y ¡qué bien toca!. Enmudeció el piano y escucharon una voz sollozante que decía:
- No puedo seguir. ¡Es tan hermoso! ¡Qué lástima! ¡No podré ir al concierto de Colonia!
A esto respondió otra voz: ¡Ah hermana mía! ¿Por qué te afliges de lo que no tiene remedio?, si apenas podemos pagar la renta.
Y repuso el otro: - Tienes razón. Y sin embargo, quisiera al menos una vez en la vida oír música de veras, pues no siempre hay ocasiones de oírla.
Beethoven comentó a su acompañante: - Entremos –
¿Y qué haremos dentro? – contestó su interlocutor.
Tocaré el piano – respondió el músico.
Empujó Beethoven la puerta y se encontraron frente a un joven sentado en una banqueta de zapatero, pues era su oficio. Su hermana estaba triste, reclinada sobre el piano.
- Perdóname, dijo Beethoven; oí música y me vi en la tentación de entrar. Soy músico y me ha parecido entender algo de lo que decían. ¿Me permites tocar el piano?
- ¡Gracias!, respondió el zapatero. Pero nuestro piano es muy viejo y no tenemos papel de música.
- ¿No tienen papeles con notas? Entonces, ¿Cómo toca la señorita?...
- ¡Ah! Pero perdóname.
Repuso Beethoven al percatarse que la joven era ciega. No me había dado cuenta hasta ahora. ¿Así que toca usted de oído? ¿Cómo pudo aprender?
- Durante dos años viviendo en Bruhl, tuve ocasión de oír a una señorita vecina, en verano, estando abiertas las ventanas; yo salía para oírla.
Beethoven se sentó al piano y es seguro que jamás tocó alguien con tanta maestría como en dicha ocasión, en presencia del zapatero y de su hermana.
El viejo piano parecía estar inspirado. Los dos hermanos escuchaban atónitos ante el torrente de armonía, de rítmicas cadencias; una ráfaga apagó la vela que alumbraba tenuemente el aposento.
El zapatero abrió la ventana; el reflejo de la luna invadió la habitación, bañando en luz la figura del maestro quien, absorto en sus quimeras, dejó el teclado.
- ¡Maravilloso pianista! – Exclamó el zapatero. - ¿Y quién sois? – Escuchad, respondió el compositor interpretando los primeros compases de la Sonata en Fa.
- ¡Entonces, eres Beethoven! –gritaron gozosos los hermanos. - ¡Oh! ¡sigue tocando! Y el maestro, fijando la mirada por la ventana en el cielo, improvisó una sonata a la luz de la luna, en medio de melancólicas notas de infinita dulzura, suaves como el reflejo lunar sobre la tierra. Después, siguió el segundo pasaje en tres tiempos semejante a una danza de hadas en la aterciopelada hierba del prado; luego el final descriptivo del impelente color, dejando al breve auditorio suspenso en pasmosa admiración.
Beethoven se dirigió hacia la puerta.
- ¿Vendrás otra vez? –preguntaron los hermanos suplicantes -. Sí, volveré a dar lecciones a la señorita. Adiós.
Al salir comentó: -Vámonos deprisa a casa para pasar al papel esta sonata antes de que se me olvide.
Aún no había amanecido, cuando se levantó el maestro de su mesa de trabajo había terminado de escribir para el mundo la “sonata Claro de Luna”.
Las grandes obras, lo que trasciende, lo que queda, siempre tendrá su origen en el deseo genuino de ayudar, de hacer algo por el otro. Lo que no surge en ese marco, nunca va más allá…
Ramón Chávez Lara
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