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Un día sin ellas por nuestra culpa

Escrito por Lalo Merino on . Posted in Trinos Virtuales

 Por @Lalo__Merino

Un día sin ellas


Hoy ellas no están, por fin alcanzamos lo construido por siglos de abusos, estigmas y maltratos. Su protesta responde a una vida de ser dejadas de lado, ser vistas sólo como un adorno para aquellos constructores del mundo, quienes dicen qué sí y qué no en la sociedad, los fundadores del patriarcado, nosotros.

Estamos indudablemente ante una sociedad incapaz de sentir empatía. Cuando se planteó el día de hoy, un 9 de marzo sin mujeres, las reacciones de los hombres fueron burlas, ironías, risas, estupideces en general. ¿De qué nos reímos? Publicaciones en redes sociales llamando a carnes asadas monumentales o dudas sarcásticas sobre la ausencia femenina ese día son indicadores claros de la incapacidad de comprensión de la magnitud del problema. Pareciera que reaccionar con risas a todo nos hace sentir superiores, cínicos intelectuales en vez de los bufones simplones que somos realmente.

Ellas decidieron demostrar su peso en este mundo dejando un vacío. Obviamente tienen que hacerlo porque los hijos del patriarcado somos incapaces de dimensionarlo. Las vemos como un bonito adorno, un complemento, un asistente para nuestra vida, esto ejemplificado perfectamente con el comisionado del deporte cuestionando quién tomaría sus notas el día del paro. Al menos fue castigado debidamente, cesado del cargo por una alcaldesa pero, ¿y el resto de nosotros?

Ya pueden votar, ya las dejamos trabajar, las dejamos tener propiedades, ¿qué más quieren? ¿No es ésa nuestra actitud diaria? Por eso les explicamos cómo deben actuar, cómo vestir, cómo trabajar, criar hijos, verse, hablar, elegir pareja, cuidarse, comer, expresarse y hasta cómo exigir sus derechos. Está bien que tengan sus anhelos siempre y cuando estén delimitados por nosotros, dentro del marco de opresión reforzado con nuestras acciones constantes.

El cuestionar la existencia de la figura del feminicidio es evidencia irrefutable de nuestra obtusa mente. Hay todavía quienes buscan victimizarse mostrando cifras de homicidios masculinos, desalmados. A ellas se les mata por ser mujeres, las violan y las desechan, se usan y se tiran, hay desprecio en cada crimen en su contra. Todavía hacemos chistes al respecto. Si parten en pedazos y queman a una mujer no faltan comentarios relacionados a parrilladas, como sí se tratara de cualquier cosa, sintiéndonos amos del humor negro. 

Si las violamos es por provocarnos, las matamos es por elegir una pareja equivocada. ¿Niña violada? Pues una mala madre debe estar relacionada. ¿Violencia doméstica? Se queda porque le gusta, seguro. ¿Manoseos en la calle? Pues que se tape. Somos amos de las respuestas rápidas a problemas causados por nosotros, expertos en la falta de civilidad, de sensibilidad, de empatía y de considerarlas humanas.

Siempre las tratamos para abajo. En las oficinas son cuota, en la política un premio de consolación, en la casa servicio. Sus sueños y sus aspiraciones siempre pueden ser relegados, lo realmente importante es lo que los hombres queramos lograr y ellas deben renunciar a todo por acompañarnos. Ahí estamos viéndolas en la universidad pensando que pasan el rato mientras se casan, nos casamos con ellas pensando en cómo van a dejar de trabajar para atendernos, pareciera que buscamos otra madre en vez de una compañera, una igual con quien construir un proyecto de vida.

Tal vez sea por eso que sus exigencias no nos lleguen, las vemos como una tontería. En clases de historia celebramos a los sindicatos protestando por sus derechos. Las manifestaciones, huelgas y hogueras en pro de los derechos laborales o luchas contra el racismo son motivo de emoción, las entendemos, pero estamos negados a dar nuestra empatía a una exigencia igual por parte de las mujeres.

En pláticas del movimiento feminista uno de los términos recurrentes es ‘formar comunidad’, crear redes en las que estén seguras. Esto evidencia cómo no se sienten integradas a la comunidad, el patriarcado se ha encargado de ‘hacerlas parte’ hasta donde queremos para usarlas a placer. Sólo piden derechos fundamentales, quieren seguridad en la calle, buscan dejar a un lado el temor de sentir cómo les arrebatan a su hija de las manos en cualquier momento.

Cuando se manifiestan también las condenamos y juzgamos, los titulares en los medios de comunicación no son sobre las actividades de las reuniones. Relegamos la lectura de nombres de agresores sexuales, las menciones a las desaparecidas nos da lo mismo, las voces alzándose unidas por la solidaridad y el dolor pasan a segundo término, sólo hablamos de sus ‘malos modos’. Nos molesta que rayen las paredes pero no que las acosen desde niñas, reprobamos las antorchas pero ignoramos a los familiares violadores, condenamos teñir fuentes de rojo pero su sangre en las calles la limpia nuestra indiferencia.

Las jodemos desde antes de nacer, hay matrimonios que piden una hija mayor para que les cuide a los hermanitos venideros, Tienen que ser madres, hermanas, amantes, trabajadoras, devotas, abnegadas, sensibles, fuertes, complacientes, no dejarse, víctimas y responsables; si fallan en esa imposible e incongruente tarea las enjuiciamos de nuevo.

Ah pero eso sí, no todos somos iguales. Nos llenamos la boca para señalar que ‘ellos’, los malos, los otros hombres que no soy yo, son los villanos. Yo no las mato, pero sí disfruto de todos los beneficios del patriarcado construido. Yo no las violo pero al ser amable con ella entonces está obligada a que le guste. Yo no las toco pero las inspecciono a detalle cada que me pasan enfrente. Yo no las acoso pero juzgo que deben darse a respetar. Yo no las discrimino pero no confío en ellas para el trabajo como en los hombres. 

Queremos que existan, exijan y se desarrollen en una sociedad ajena a la nuestra, que no nos quiten los privilegios. Por eso les recriminamos el pedir igualdad de derechos, les increpamos cuándo creemos que son ‘privilegiadas’ por las leyes. Se nos olvida cómo para denunciar una violación las hacemos revivir el trauma con inspecciones físicas aberrantes y desconfiamos de sus testimonios.

Los hombres queremos mujeres que nos complazcan, queremos a la ‘chica cool’ que está de acuerdo con nosotros en todo, nos cumple cualquier fantasía pero también debe suplir las labores de nuestra madre en el hogar. 

Hoy debemos repensar nuestra responsabilidad en la cruz de sus espaldas, su ausencia debe invitarnos a buscar modos de realmente contar con igualdad en la sociedad. El simple hecho de asumir que somos nosotros quienes las herimos y las tenemos relegadas ya es un avance pero no es suficiente. Este día no es un capricho ni motivo de chiste, no es algo para tomar a la ligera, es el hartazgo y miedo convertido en coraje y lucha. Un mundo que no pueda garantizarles tranquilidad de salir a la calle representa una sociedad descompuesta.

Dejemos de explicarles cómo deben sentirse con nuestros maltratos, dejemos de decirles cómo es que deben actuar en todo momento. Sus expresiones son tan válidas como cualquier otra y deben alarmarnos, dejemos de ‘darles permiso’ de marchar acotando los modos y mejor dejémoslas vivir con nuestras acciones diarias.

Columna Invitada